Artesanos del mimbre, un oficio en peligro de extinción

La competencia de los ‘todo a un euro’ que venden cestas de Navidad a bajos precios ha dado la puntilla a una actividad que mantienen unos pocos artesanos.

Una de las tradiciones que se mantiene viva en esta época del año es la de las cestas de Navidad. Aunque en estos tiempos de dificultad económica su presencia ha descendido notablemente, aún hay empresas que las regalan a sus compromisos y empleados y también son muchos los bares, comercios y asociaciones que aprovechan estos días para recaudar fondos con sus sorteos. Sin embargo, mientras que hace apenas unos años familias enteras vivían de este oficio, la importación de materiales y, sobre todo, la elaboración y venta de cestas por parte de establecimientos regentados por asiáticos -que nada tienen que ver con la calidad original, pero que también son mucho más asequibles- ha terminado por dar la puntilla a una actividad que sólo mantienen artesanos contados en la provincia de Granada.

La funcionalidad de las cestas de mimbre se asocia a las tareas de transporte. Dentro del ámbito rural y agrícola, el mimbre es un material ligero y al mismo tiempo robusto, cualidades que lo convierten en una opción ideal y poco costosa para artículos que serán movidos a menudo: barquetas, bolsos, canastas, serones, bandejas de ropa… De hecho, el origen de rellenar las cestas con alimentos y bebidas especiales se debe a la costumbre de los campesinos de entregar el aguinaldo en canastillas de mimbre.

No obstante, el agricultor normalmente no sabía elaborar cestas, por lo que el artesano se trasladaba hasta la finca del campesino y este último le encargaba el pedido que necesitaba. El cestero le dejaba las que ya tenía hechas y se comprometía a entregarle el resto cuando las fabricara. También se sigue haciendo así en algunos locales que se dedican a la distribución, aunque la adquisición se mezcla con otras de imitación.

Hace años, numerosas familias de Lanjarón vivían del negocio de la mimbre, una fibra vegetal que se obtiene de un arbusto de la familia de los saucelos. Debido a que esta planta necesita agua constante, las proximidades del río que da nombre a este municipio alpujarreño se convertían en el marco ideal para su cultivo. Uno de los pocos artesanos que quedan, Juan Bermúdez, recuerda con nostalgia que sus abuelos se encargaban de cuidar, podar y recolectar las mimbreras. “Los cesteros nos fijamos en la fase de la luna, es muy importante aprovechar la fase menguante para la poda del mimbre y, aunque pueda parecer una superstición es importante, las mimbreras que se podan en cuarto creciente se pican, no son flexibles y presentan muchos inconvenientes”, explica.

No corren buenos tiempos para los artesanos del mimbre. El abandono de la agricultura y ganadería, la aparición del plástico y la importación de estos objetos de países asiáticos que ha ido sustituyendo los artesanos por industriales, los han relegado a una mera función ornamental. Mientras que en estas fechas la elaboración de cestas de mimbre se convertía en la principal fuente de ingresos para estas familias, ahora la crisis les ha alejado este último recurso con el que contaban. Juan comenta que “si el año pasado fue malo, este ha sido peor, las ventas se han resentido notablemente”.

Ya en Lanjarón nadie cultiva las mimbreras en el río. En la actualidad se compra en tiendas especializadas un tipo que se conoce como mimbre americano. El oficio de mimbrero se ha convertido en otro más en vías de extinción, en el que solo unos pocos artesanos de una misma familia no se resignan a que desaparezca la sabiduría que heredaron de sus antepasados.


Fuente: Granada Hoy (02/01/2011)